martes, 12 de agosto de 2008

Encuentros cercanos del tercer tipo

08 marzo

Cuando veo que los gurises no se divierten en los cumpleaños si no tiene castillos inflables y peloteros, digo, tan lejos estamos de los años en que era divertido imaginar.

Yo me crié en un barrio relativamente tranquilo, con los típicos problemas de barrio pero en el que podíamos jugar en la calle, andar en el campito, y demás cosas que hacen los niños en las ciudades chicas.

Tuve la suerte de tener muchos amigos (y digo amigos pero no como generalidad de niñas y niños) tuve literalmente muchos amigos varones. La única niña de mi edad en el barrio era demasiado perfecta para mi. Era mi antitesis; rubia, con el pelo largo y cuidado, jugaba con barbies, y con un pianito rojo y apestoso, y para completar esta hermosa composición era la hija menor de una familia Cristiana estilo Flanders el de los Simpson.

Yo era flacucha, negrita, pelo lago pero siempre atado, porque no se puede correr y trepar con el pelo suelto, miren que peligro si se te enreda en algún lugar. Polleras no usaba salvo en ocasiones extremadamente especiales, porque no podía subir a los árboles sin que se vieran las bombachas y eso no me gustaba.

Y aunque de vez en cuando me hacían jugar con Ceci, digo me hacían porque no me obligaban pero ponían mucho empeño en intentar mostrarme que divertido iba a ser jugar con una “nena”, y todas las cosas que podíamos compartir; la mayor parte del tiempo, la pasaba con mi barra de “amigos”.

Seba era mi mejor amigo, de mi misma edad, era gordito y siempre andaba comiendo pan, después estaban “los patitos” dos hermanos, que no se parecían en nada, uno era rubio y gordito el otro morocho y flaco uno de rulos y el otro de pelo lacio. Un año mayor que nosotros estaban Richard y Pulito (no es Pablo, es Paulo). Paulito era el niño al que un moco verde que siempre lo acompañaba, invierno y verano, subía y bajaba, pero nunca se desprendía.

Nuestro juego favorito era “La Nave Espacial”, en la casa de Seba había un Sauce eterno de viejo, con un gran hueco en el centro, tres ramas bajas y gruesas. Le colgamos una cuerda anudada en una de las ramas.

Para poder subirnos teníamos unas técnicas muy particulares, ahí entraban en juego nuestras queridas Gracielitas, eran unas bicis destartaladas y heredadas, claro, de nuestros hermanos mayores, la mía era dorada mas bien amarillenta y la de él era negra.

Las apoyábamos contra el tronco y luego pisando el asiento saltábamos para subir al árbol.

Una vez arriba, cada uno tenía su puesto, Seba era el capitán a veces, y a veces era yo, los demás eran parte de la tripulación. Cada uno iba a su rama, se sentaba en su “Cabina de Comandos”, se colocaba su casco (casco de la moto de los padres de Seba), y comenzaban los preparativos para el despegue.

Generalmente llevábamos provisiones, porque no se pueden pasar tantos días volando en el espacio sin una buena provisión de comida, así que subíamos fruta, pan (alimento favorito de Seba), galletitas y también alguna botella de Jugolín.

Las palabras mágicas eran “listos para el despegue”, “preparando los motores”, “aceleración en proceso”, “despegue exitoso capitán”.

La emoción comenzaba una vez logrado el despegue, cuando iniciábamos la fase de exploración, siempre y cuando no fuéramos atacados por seres extraterrestres que intentaban derribar la nave (Richard y Paulito el niño del moco verde) con sus armas nucleares, (bombas de agua y pomos o baldes negros) nos atacaban ferozmente, teníamos que hacer delicadas maniobras para evitar chocar contra los meteoritos y no ser derribados por las bombas de nuestros atacantes.

Pocas veces éramos alcanzados, así que por lo general lográbamos llegar a algún planeta fuera de la vía láctea.

Habiendo aterrizado la nave, en el planeta destino, nos atábamos a la cuerda que colgaba de la rama y comenzábamos el descenso y la exploración. Encontrábamos seres extrañísimos, con cuatro cabezas, y un pie, sin ojos, o con miles de brazos.

Si teníamos suerte lográbamos capturar a algún ser extraterrestre y traerlo de regreso a nuestra nave, para ser analizado luego por los científicos (“los Patitos”).

Generalmente estos vuelos intergalácticos nos demandaban toda la tarde, el regreso nos venía dado por una llamada desde la tierra, avisando que era tiempo de retornar ( mi madre gritando de una cuadra, “Verónica venía a comer que es tarde”) .

Cuando llegábamos estábamos tan cansados que no podíamos hacer más que comer, bañarnos y dormir, para arrancar la aventura al día siguiente.

Eran tan divertidas esas tardes, tan faltas de cosas materiales porque casi no usábamos juguetes y tan llenas de todo lo necesario para ser los niños más felices, teníamos nuestra imaginación y nuestra inocencia, teníamos nuestras fantasías y nuestros secretos. Teníamos una gran barra de amigos y teníamos la alegría de quien aún o ha sufrido grandes golpes en la vida, quien se puede dar el lujo de vivir sin obligaciones y sin miedos.

Hoy adultos todos…, con trabajos, hijos, y vidas ajetreadas, las pocas veces que nos cruzamos nos miramos con complicidad, recordando aquellas maravillosas aventuras intergalácticas, y el brillo en nuestros ojos delata la felicidad, de volvernos a encontrar.

Pateticamente llevamos a los gurises a ser tan dependientes del consumo, que se olvidan de lo lindo que es jugar, sin un play, jugar sin un pc, jugar sin estar encerrados en el pelotero de un mcdonalds.

4 comentarios:

andal13 dijo...

Maravilloso relato, Vero!!!
Yo fui niña de ciudad, pero de barrio periférico, así que estábamos todo el día en la calle (las veredas eran anchísimas, además, y todas las casas tenían patio o fondo grande)... Carreras de bicicletas (una Graciela rodado 12 azul, tenía yo), policías y ladrones, o armábamos cometas con cañas, papel y engrudo y las remontábamos en el campito de enfrente... Si llovía, unas hojas de papel y unas crayolas, y listo, diversión toda la tarde!
Viendo a los gurises de ahora, me siento prehistórica!!!!

Skyline dijo...

yo también hice cometas, y nos ibamos a las barrancas de la costa con mis viejos y los vecinos y atabamos el hilo de la cometa al ril de pesacar de mi viejo y le dabamos todo el hilo, subia la loca vieja... y se perdía de chiquita, que momentos más lindos aquellos.

Le Santi dijo...

Hola Vero:
Pasaba por aquí y me encontré con esto. Sabés que Julia, mi nieta más grande cumple 8 el Viernes. Hasta el año pasado tuvo los clásicos cumple en salón con pelotero, animadores, maquinitas y una rutina armada: ahora juegan, ahora bailan, ahora comen. Ayer le dijo al padre: "no doy más, quiero ser libre, (textual)quiero jugar a lo que yo quiero y en la calle, quiero hacer el cumple en casa"
Así que tá, el Viernes será en su casa, con sus amigos de la cuadra y alguno, pocos de la escuela.Más barato para los papis y más feliz para ella.
Besos

Skyline dijo...

no, no, genial lo de tu nieta, y si, es que los gurises en algún punto deben de sentir la presión de ser niños del consumo, vos los ves caminando por la calle y son clones de los muñecos de las vidrieras, todos con la misma ropita, los mismos championes de moda, los lentes de sol y el último celu.

Mi sobrina el año pasado hizo su cumple en la casa y pidió panchos y hamburguesas, y después todos al patio a jugar, obvio que la tía estuvo en primera fila, porque como estaban medios timidos los niños empezamos a jugar los grandes, al baile de la silla, después terminaron todos los guirises como locos saltando con las sillas a la rastra.